Lo conocí en Bogotá, en 1987, en la Casa-Taller de Ligia García, que en paz descansa. Tenía arrendado un cuartito-estudio donde dibujaba sus figuras extrañas, fantásticas y eróticas. Participó en el proyecto del libro El Espíritu Erótico, que presentamos, con el poeta Jotamario y el Monje Loco, en septiembre de 1990, en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. El libro mostró el espíritu erótico de los pintores y poetas colombianos, al lado de poetas de otras geografías y otras épocas. Participaron, entre otros, Débora Arango, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Fernando Botero, Leonel Góngora, Ángel Loochkartt, Augusto Rendón, Carlos Granada, Luis Caballero y Filomeno Hernández.
En agosto de 1991 lo acompañé en una exposición que realizó en una galería bogotana, curada por León Tovar Varela, un simpático e inquieto muchacho que en la actualidad es un importante galerista en la ciudad de Nueva York. Después no volví a saber de Filomeno. ¿Dónde andaría? ¿Qué sería de su vida? Creí que ya se había desaparecido de este mundo. Pero un día, se comunicó con el Museo Arte Erótico Americano, y me contó que se había enterado de la existencia del proyecto-proceso, Colombia gracias a Cronopios, el diario virtual que comunica a todos los desplazados de Colombia y que dirige el maravilloso, extraño, y fantástico escritor y periodista, Ignacio Ramírez.
Y ahora salta al ruedo con su cuadrilla de dibujos y temas, impresos en un espléndido libro en el cual importantes escritores, poetas, descubren las profundidades del proceso creativo y el manantial inagotable de la realidad del Filomenismo.
Manifiestan sus conjeturas, con intensidad y significancia, basados en las imágenes de mundos paralelos, imágenes que producen placeres explicables, o inexplicables, que despiertan, ejercitan y excitan a los sentidos, máquinas de coser que hilan recuerdos, dibujadas y talladas con las más finas texturas de las selvas de Wifredo Lam, con formas tan extrañas y bellas como las de Gaudí, imágenes de su infancia y adolescencia cuando los gallos poetas despertaban a los dormidos, imágenes que habitaban y habitan los paraísos de las mitologías propias, pipas para fumar cualquier cosa, menos la paz, máquinas que parecen insectos, tan bellos como la sonrisa de una amante satisfecha, frutas para alimentar egos o volar un infierno, realidades a las que les tuerce el pescuezo para convertirlas en imágenes plásticas.
Fernando Guinard
Bogotá, 2007