Filomeno Hernández
 
 

Por Alba Lucía Ángel

Él empezó en el campo, donde entendió los ritmos elementales del color, las formas, el espacio. Palpó la tierra y la vivió a la manera de Van Gogh de cerca, arándola, siguiendo el curso de las siembras. Pero se fue de allí, pues “cada día se va siendo más inconforme y a uno le va naciendo la esperanza de que algún día también va a lograr crear algo”, me dijo Filomeno y me mostró sus cuadros.

Duro. Agresivo en su expresión pictórica. Huellas de Lam, de Ernst, de Matta, de los expresionistas alemanes. Huellas de lucha, de búsqueda, de un querer porque sí, porque el grito es muy hondo y hay que seguir la brega.

La historia de Filomeno es la historia del hombre, con su verdad a cuestas. Su verdad de pintor. De artista. De un gran necesitado del espíritu, de la belleza amarga, de la crudeza cotidiana, rutilando en las formas y colores, De un apagado eco de esperanzas, donde él construye sus sueños, sus fantasmas, sus agresores y sus mitos. Donde destruye y crea. Donde transcurre horas y horas luchando con su imagen, que se le escapa en los pinceles y que grita por él su entrega silenciosa. “Es mejor ser artista que un obrero”, dijo después de un rato, cuando contó que luego fue ebanista, que la brega fue también dura en ese campo. Pero sonríe al fin y me contesta: “lo decidí porque era así, porque pensé que eso tenía que ser, que fuera como fuera,...”. Yo sé que Filomeno Hernández se va a morir así y ya sin remedio. Artista. Pintando al mundo y andando sus caminos. Le auguro ruta buena y pulso firme.

Alba Lucía Ángel
Pereira, 1977

 
 
General estiercol . Lápiz sobre cartulina 70 x 50 cm.
 
     
 
   
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