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Por Vinicio Saviantoni
Decir hoy, de un artista, que él obra según los cánones del “surrealismo”, no es exacto, porque desde sus orígenes este movimiento se declaró ajeno a las “lógicas” y a los “sistemas”; los tomó, los tradujo y superó de tantas otras tendencias como del expresionismo al dadaísmo y al abstraccionismo por citar sólo algunas de sus corrientes más cercanas. Y, por que actualmente su práctica resulta todavía más “contaminada” o, mejor dicho, precisada y colorida, por las contemporáneas tendencias del figurar. A diferencia de otras escuelas, el surrealismo resulta extremamente variado en las interpretaciones personales que abarcan, además del artístico, el campo literario: de los poetas Breton y Rimbaud a artistas como Delvaux, Redon, Ernst hasta Savinio y a los más cercanos como Crippa y Baj, para citar sólo algunos entre tantos.
También para Filomeno, artista colombiano hace poco trasladado a Roma, el “surrealismo” es casi un pretexto para declarar (con el grosor, la finura y la hilatura de su lápiz) todo un mundo personal de temáticas y de mundos expresivos. Así, en su obra (un conjunto muy orgánico de dibujos en blanco y negro), la violencia y el consumismo, la eficiencia y la decadencia de la civilización, el derrumbe de ciertos ideales y mitos ahora superados, la injusticia y la laceración de las conciencias y la productividad se mezclan con los análisis formales y modales de los velos y de la luz, representados a través de combinaciones de líneas irracionales, que transforman la masa plástica en figuras, en las que la contradicción entre la exquisitez formal y “el pensamiento irritante” se hace manifiesto.
Este modo de trabajar, que es sobretodo la exteriorización de un “proceso psíquico” (como lo definió Bretón), toma y deja las hipótesis más extrañas, toca, en Filomeno el campo de la fantasía (“hecha esclava”, como fue escrito en el Manifiesto surrealista de 1924, por el artista al cual se ha confiado “la más grande libertad”) pero tiene, al mismo tiempo, referencias analógicas y no sólo virtuales, con la realidad.
Es aquí el momento más vigorosamente expresivo de la imagen filomeniana, una reorganización de las hipótesis para golpear más rudamente, con el sarcasmo de lo “grotesco”, en el signo de una disgregación moral y social demasiado avanzada.
El artista carga así su obra, de signos violentos: ametralladoras, tubos, cascos son agrupados en su “pesadez” de poder, que luego se descompone, oprimida aquí, no por las clases minoritarias, sino por |
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